2 de agosto de 2013

Los riesgos de ser práctico

La moralidad sólo es una convención social que todos parecen aplicar a sus vidas. Se supone que diferencia lo bueno, lo mejor, lo que debe hacerse para que en general seamos felices. Pasar por alto una ley moral te hace sentir como un chucho en medio de pastores alemanes de raza. Aunque a saber cuántos pagaron al que les hizo el pedigrí. En realidad nunca he sabido colocar bien la frontera entre lo bueno y lo que ya no lo es. Se supone que amar en general está bien, pero cuando amas a la vez a “demasiados” o a “demasiadas” ya no se ve tan bien la cosa. Y con el “no robar”, ¿robar a un ladrón sí que es bueno? ¿Y asesinar al asesino? Al final, como la mayoría de las invenciones humanas, cada uno tiene una opinión sobre la moral, pero la discusión sobre ella hace que parezca un ente único y superior a nuestras diferencias personales. Como si fuese una Constitución no escrita que nos hace mejores personas y nos salva de la exclusión. Porque como te salgas de lo que dicta, te espera una lenta quemada en la hoguera de las habladurías. Y yo que pensaba que estas normas ayudaban en vez de condenar. Bueno... En realidad ayudan a condenar. A lo mejor inventaron la moralidad por eso. Porque es más cómodo no pensar por uno mismo qué es lo bueno y qué lo malo.

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